Aquí que salga el sol es un sinónimo de un buen día. Nosotros nunca hablamos del clima, sólo tal vez, quejándonos de que hace tanto calor. Ahora estoy aprendiendo a hablar del clima. A salir porque salió el sol. A irme por el lado del sol y no por el de la sombra. A sentir los rayos en la cara más tiempo de lo normal. A disfrutar en demasía en silencio los días nublados, porque al fin son mis favoritos todavía. Así que tengo más que disfrutar.
Este lugar, lleno de rocas con los sedimentos visibles, en donde se camina en una tierra de consistencia y contenido diferente, el pasto es otro y los animales todos distintos. Hasta los insectos. Ayer vi una catarina gigante y me hizo sentir como cuando era chiquita. Muchas cosas aquí son gigantes. Muchas cosas me subrayan lo chiquita que sigo siendo aquí. Será el pasado vikingo, la cercanía al polo norte. A veces no me alcanzo a ver en los espejos.
Tal vez hay un intercambio de tamaño con tiempo.
Cada día cambia, y el tiempo se vuelve una paradoja. Pasa pronto, nunca lento, los días deben durar un poco menos, porque estamos en la parte chiquita del planeta, así que la vuelta al sol nos queda corta. El sol da vueltas en círculos y las sombras son distintas cada mañana. La intensidad cambia, es un poco menos intensa pero los rayos sí calientan, aunque sea poquito.
Insisto en escribir sobre la luz y la felicidad que eso me provoca. La luz es hermosa.
La mitad del año no sale el sol. Y esto hace que la gente se mate, o viva hablando del clima. Llevo más de un año estudiando la luz de este lugar, y mi conclusión es la misma. Sólo que de diciembre a febrero he estado poco, pero algo, y cuando el día dura tan pocas horas y cuando hay "sol", el iris está muy cerrado y la intensidad de la luz no existe. Es como si fuera una noche de todo el día, aún con sol. Pero igual me gusta esa oscuridad del día, en estos días fríos y con nieve, que jamás tuve más que en la imaginación y en los libros de la escuela, donde nos pintaron siempre un mundo de fantasía con nieve, con chimeneas, con otoños. Y esa fantasía es real aquí, la vida diaria. Para mi, apenas se volvió realidad.
21 de abril de 2019
7 de marzo de 2019
Muerte lenta
Mi papá está muriendo lentamente. Lleva algunos años empeorando poquito a poquito, casi imperceptiblemente. Siempre fue un hombre muy inteligente, introvertido y callado. Muy lento al hablar pero creo que porque pensaba muy bien sus palabras. Por eso ahora no se nota mucho que no tiene idea de lo que está hablando, porque sigue con esa misma cadencia al hablar, y cuesta mucho entender y seguir el hilo de lo que dice, pero eso es porque ni siquiera él sabe para donde van sus palabras, pega cuatro o cinco pero ni una idea con otra. Se volvió más amable. Ríe mucho más. Baila mucho más. Baila. Disfruta la música como loco. Él me enseñó a apreciar la música clásica y me contaba historias de los compositores y de la música misma. Y ahora lo veo que se sienta a disfrutar tanto. Creo que tenía miedo de quedarse sin hacer nada y cuando se jubiló estudió una maestría. Y creo que tenía aún más miedo de perder la memoria, y hacía tantos ejercicios, y compraba libros y jugaba con las palabras, y comía nueces y tomaba sukrol diario. Mi papá ya no existe. Existe una versión de él, vivo y en esencia, pero ahora ya no se le puede preguntar nada que pueda responder fidedignamente, fuera de cómo está hoy, ahora, en este momento. Y me gusta la nueva versión del señor buena onda y que gracias a los síntomas es tremendamente chistoso, y se pone la pijama encima de la ropa y los zapatos al revés y duerme con zapatos. Pierde el dinero que mi mamá le da porque si no trae dinero se pone muy nervioso, por lo que ya le da sólo poquito. Todo esto le rompe las pelotas a la paciencia de mi mamá, pero aún así, ella sigue ahí. Extrañando silenciosamente a mi papá, al que todos conocimos, con el que ella vivió tantos años y tantas cosas. Le enoja que ya no esté ese señor. Pero es parte del largo duelo que estamos viviendo. Ella mucho más de cerca.
Cuando me iba de viaje, o me regresaba a mi casa (en otra ciudad), mi papá siempre sacaba uno o dos billetes de doscientos o quinientos y me los daba en la mano, así sin decir nada. De esa manera me decía que me quería mucho sin tener que decirlo. La última vez que lo vi fue en el aeropuerto, a punto de irme a vivir a un país muy lejano, sin saber cuando lo voy a volver a ver, ni cómo va a continuar su mente, si se acordará de mi o ya no, si seguirá casi igual, sin poder evitar pensar en lo que no quiero pensar. Abracé a mi mamá, mucho, muchísimo y le dije que la quería mucho. Ella también, y que nos vamos a extrañar. Él, en medio de toda esta aventura diaria de entender el mundo, él se dio cuenta de algo, de que me iba y que me iba mucho tiempo. No podía evitar despedirme de ellos sin detener las lágrimas, y ellos tampoco pudieron detener las suyas. Lo abracé, le dije que lo quiero, con palabras y con la mirada, porque eso sí lo entiende y lo siente como es. Sacó los 50 pesos que traía y me los dio en la mano, me la cerró con fuerza, así sin decir nada.
Cuando me iba de viaje, o me regresaba a mi casa (en otra ciudad), mi papá siempre sacaba uno o dos billetes de doscientos o quinientos y me los daba en la mano, así sin decir nada. De esa manera me decía que me quería mucho sin tener que decirlo. La última vez que lo vi fue en el aeropuerto, a punto de irme a vivir a un país muy lejano, sin saber cuando lo voy a volver a ver, ni cómo va a continuar su mente, si se acordará de mi o ya no, si seguirá casi igual, sin poder evitar pensar en lo que no quiero pensar. Abracé a mi mamá, mucho, muchísimo y le dije que la quería mucho. Ella también, y que nos vamos a extrañar. Él, en medio de toda esta aventura diaria de entender el mundo, él se dio cuenta de algo, de que me iba y que me iba mucho tiempo. No podía evitar despedirme de ellos sin detener las lágrimas, y ellos tampoco pudieron detener las suyas. Lo abracé, le dije que lo quiero, con palabras y con la mirada, porque eso sí lo entiende y lo siente como es. Sacó los 50 pesos que traía y me los dio en la mano, me la cerró con fuerza, así sin decir nada.
18 de octubre de 2018
Círculos
La luz del sol camina en horizontal, no importa si es verano, otoño, primavera o invierno. En verano da una vuelta de casi 360 grados. No se alcanza a cerrar el círculo a la vista, pero se puede saber su trayectoria tras las montañas que siguen iluminadas por una luz que no se va nunca y amanece a la hora que cierran los bares comunes. En invierno esa línea es mucho más corta y dura poco, pero todo lo que dura el día las sombras son largas, muy largas.
Este lugar no se parece a nada. Por lo menos a nada de lo que conozco. Hace tiempo que no estuve en un lugar así de nuevo. Aunque estuve aquí ya desde hace un año observando, no me dejan de sorprender los paisajes de cada estación, ni la luz que parece cambiar día con día. No me cansan los días nublados, ni las lluvias, ni la nieve. Ningún frío dura más que el calorcito de estar en casa. La luz de los días nublados también es distinta. A veces se asoman los reflejos en el mar, de dos o tres soles en diferentes posiciones horizontalmente. ¿Porqué? Me pregunto cada vez que lo veo. Pues mi cabeza no procesa una lógica a esos reflejos. Pero igual lo disfruto.
Se acerca el día en que dejo de estar en mis treinta. Me cuido más pero escojo como healthy snack, unas palomitas de maíz explotadas con puro aire caliente. Hago ejercicio pero a veces me cuesta trabajo caminar rápido por tener prisa, o subir grandes pendientes. Cocino más pero sigo hablándole a la cámara imaginaria del programa de tele imaginario en donde yo soy la protagonista que cocina y explica cada paso. Disfruto andar en bici como cuando salía a jugar, aunque vaya a trabajar. Disfruto las lunas y les aullo a veces. Me siento como una niña llegando a una escuela nueva, aunque esa escuela en realidad es un país, y el idioma sea otro, y ya todos tengan sus amigos de siempre.
Me gustan las cosas frescas. El viento. Los lugares altos. Recibir buenas noticias. Hoy respiré aire fresco, sentí el viento en mi cuerpo, subí la pendiente para llegar a casa, al buzón, a ese sobre blanco que por supuesto, traía las buenas noticias.
Este lugar no se parece a nada. Por lo menos a nada de lo que conozco. Hace tiempo que no estuve en un lugar así de nuevo. Aunque estuve aquí ya desde hace un año observando, no me dejan de sorprender los paisajes de cada estación, ni la luz que parece cambiar día con día. No me cansan los días nublados, ni las lluvias, ni la nieve. Ningún frío dura más que el calorcito de estar en casa. La luz de los días nublados también es distinta. A veces se asoman los reflejos en el mar, de dos o tres soles en diferentes posiciones horizontalmente. ¿Porqué? Me pregunto cada vez que lo veo. Pues mi cabeza no procesa una lógica a esos reflejos. Pero igual lo disfruto.
Se acerca el día en que dejo de estar en mis treinta. Me cuido más pero escojo como healthy snack, unas palomitas de maíz explotadas con puro aire caliente. Hago ejercicio pero a veces me cuesta trabajo caminar rápido por tener prisa, o subir grandes pendientes. Cocino más pero sigo hablándole a la cámara imaginaria del programa de tele imaginario en donde yo soy la protagonista que cocina y explica cada paso. Disfruto andar en bici como cuando salía a jugar, aunque vaya a trabajar. Disfruto las lunas y les aullo a veces. Me siento como una niña llegando a una escuela nueva, aunque esa escuela en realidad es un país, y el idioma sea otro, y ya todos tengan sus amigos de siempre.
Me gustan las cosas frescas. El viento. Los lugares altos. Recibir buenas noticias. Hoy respiré aire fresco, sentí el viento en mi cuerpo, subí la pendiente para llegar a casa, al buzón, a ese sobre blanco que por supuesto, traía las buenas noticias.
30 de diciembre de 2013
Vaya.
Fines de diciembre. Una vez más una fecha hace sentir como si la vida se reseteara automáticamente. Placebo. Pero si no existieran estas cosas llegaríamos quién sabe a donde en un mar de remolinos infinitos hasta el final de nuestra vida. Sería interesante pero inaguantable, tal vez. Pasan los años y nunca se para de aprender, pero cada vez los exámenes duelen más.
Para mi esos remolinos fueron sorpresas, pérdidas, personas nuevas, amor, aventuras, lágrimas, acoso, viajes, chantaje, desolación, mancuernas, mucho trabajo, nada de trabajo, 3 ó 4 mudanzas, hospitales, muchos festivales, mi vida en una maleta, un desmayo, un temblor, un premio, una cirugía. ¿Para qué sigo? Me deshice de cosas, me hice de cosas y me sorprendí. Sopresa y aprendizaje es lo que va en negritas subrayado. Tengo menos sangre ahora pero más sabiduría. Más enemigos pero más amigos. Más años, más cautela, más libertad. Menos miocardio, menos juventud, más deudas. Y esto termina con un nido afortunado con una luz hermosa por la mañana y por la tarde, fin del paradójico remolino infinito.
A nadie le importa. Ni a mi recordarlo, porque se viene lo malo primero, aunque no me arrepienta de nada, porque eso no quiere decir que lo tengo totalmente superado. Sigue el misterio de porqué no nos tiramos por la ventana cualquier mañana de cualquier día. De porqué hasta para eso necesitamos fecha. Una fecha. Unos números representando lo que sea. Y nos la creemos. Entonces compremos whisky y que bailen los hielos en nuestra mano mientras tenemos la seguridad de que el mejor vino se abre después del uno del uno. De que ahora sí, nos va a tocar la buena cosecha.
Vamos en mi coche.
Para mi esos remolinos fueron sorpresas, pérdidas, personas nuevas, amor, aventuras, lágrimas, acoso, viajes, chantaje, desolación, mancuernas, mucho trabajo, nada de trabajo, 3 ó 4 mudanzas, hospitales, muchos festivales, mi vida en una maleta, un desmayo, un temblor, un premio, una cirugía. ¿Para qué sigo? Me deshice de cosas, me hice de cosas y me sorprendí. Sopresa y aprendizaje es lo que va en negritas subrayado. Tengo menos sangre ahora pero más sabiduría. Más enemigos pero más amigos. Más años, más cautela, más libertad. Menos miocardio, menos juventud, más deudas. Y esto termina con un nido afortunado con una luz hermosa por la mañana y por la tarde, fin del paradójico remolino infinito.
A nadie le importa. Ni a mi recordarlo, porque se viene lo malo primero, aunque no me arrepienta de nada, porque eso no quiere decir que lo tengo totalmente superado. Sigue el misterio de porqué no nos tiramos por la ventana cualquier mañana de cualquier día. De porqué hasta para eso necesitamos fecha. Una fecha. Unos números representando lo que sea. Y nos la creemos. Entonces compremos whisky y que bailen los hielos en nuestra mano mientras tenemos la seguridad de que el mejor vino se abre después del uno del uno. De que ahora sí, nos va a tocar la buena cosecha.
Vamos en mi coche.
10 de marzo de 2012
Duro y a la cabeza.
Yo no creo. Nada. Curiosamente los temas que más me aburren y menos me interesan son aquellos en los que se hace creer en algo, en alguien. No me interesa la mujer japonesa de la epifanía del fin del mundo. No creo en imágenes colgadas en las paredes de las casas alusivas a hechos insólitos. No creo en las promesas en los discursos políticos.
Nos tocó vivir en un mundo de mierda, como a casi todos los que hemos nacido en la Tierra. Ahora estamos entre las mentes más podridas que existen, y que no se dan cuenta. No se dan cuenta de que se autoviolentan, se autoboicotean, se emboscan, se acorralan y corren, huyen hacia un mundo peor. Canallamente algunas personas medianamente inteligentes, se dan cuenta de lo que no vale la pena. Canalla es, que muchas de estas personas, o quieren tener pocos o no quieren tener hijos, por la simple razón de darse cuenta. Y quien no lo sabe y tiene la cabeza violenta, también tienen su sexo violento y descuidado y ganas de alimentar su ego cambiando pañales y enseñando a anticiparse a una corrupción inminente a sus menores de edad, a gente que va a terminar embarazándose mil veces también, manteniendo así la especie escogida con la gente violentada, seguidora, defensiva, y ellos perseveran, trascienden, tienen y tienen hijos, y entre ellos más posibilidades de que quieran tener y tener hijos. Y los otros simplemente se extinguen. Es una manera fría de verlo, de decirlo, pero tal vez es volver a la raíz animal, a los instintos, al asesino que llevamos dentro, caníbal, instintivo, cazador, y volver a olvidar las lenguas y tratarnos otra vez como masas, como especie, como una especie más, igual a las otras, porque algunas personas, creo que van alcanzando ese nivel, aunque un tanto inferior a muchas otras especies animales que sí valen la pena. Los diferencian las palabras. El sólo pronunciarlas.
Palabras que yo también uso, y que son ofensivas para más de alguno, pero es mi razonamiento de hoy. Hoy mientras desperté y la luz del sol me quemó las retinas y una sirena los tímpanos. Está todo tan reventado en este mundo, en este país y pienso eso, y volteo rápidamente la mirada a un hombre en la sala de su casa, bailando sólo sin saber porqué, y otro sentado viéndolo sin querer bañarse, recordando su infancia y sólo su infancia. Senil. Sin darse cuenta de nada. Sin yo llamarlo estúpido. A ninguno, ni a sus aburridas y largas vidas. Aburridas para mi, finalmente. Son simplemente dos de muchos. De casi todos. Es algo de lo que me he dado cuenta.
Lo mejor sería volver a ser animales.
Nos tocó vivir en un mundo de mierda, como a casi todos los que hemos nacido en la Tierra. Ahora estamos entre las mentes más podridas que existen, y que no se dan cuenta. No se dan cuenta de que se autoviolentan, se autoboicotean, se emboscan, se acorralan y corren, huyen hacia un mundo peor. Canallamente algunas personas medianamente inteligentes, se dan cuenta de lo que no vale la pena. Canalla es, que muchas de estas personas, o quieren tener pocos o no quieren tener hijos, por la simple razón de darse cuenta. Y quien no lo sabe y tiene la cabeza violenta, también tienen su sexo violento y descuidado y ganas de alimentar su ego cambiando pañales y enseñando a anticiparse a una corrupción inminente a sus menores de edad, a gente que va a terminar embarazándose mil veces también, manteniendo así la especie escogida con la gente violentada, seguidora, defensiva, y ellos perseveran, trascienden, tienen y tienen hijos, y entre ellos más posibilidades de que quieran tener y tener hijos. Y los otros simplemente se extinguen. Es una manera fría de verlo, de decirlo, pero tal vez es volver a la raíz animal, a los instintos, al asesino que llevamos dentro, caníbal, instintivo, cazador, y volver a olvidar las lenguas y tratarnos otra vez como masas, como especie, como una especie más, igual a las otras, porque algunas personas, creo que van alcanzando ese nivel, aunque un tanto inferior a muchas otras especies animales que sí valen la pena. Los diferencian las palabras. El sólo pronunciarlas.
Palabras que yo también uso, y que son ofensivas para más de alguno, pero es mi razonamiento de hoy. Hoy mientras desperté y la luz del sol me quemó las retinas y una sirena los tímpanos. Está todo tan reventado en este mundo, en este país y pienso eso, y volteo rápidamente la mirada a un hombre en la sala de su casa, bailando sólo sin saber porqué, y otro sentado viéndolo sin querer bañarse, recordando su infancia y sólo su infancia. Senil. Sin darse cuenta de nada. Sin yo llamarlo estúpido. A ninguno, ni a sus aburridas y largas vidas. Aburridas para mi, finalmente. Son simplemente dos de muchos. De casi todos. Es algo de lo que me he dado cuenta.
Lo mejor sería volver a ser animales.
19 de enero de 2012
No.
Me plantearon hace poco dejar de hacer lo que hago y dedicarme a hacer dinero para mantener mi cabeza en paz y no enloquecer, como lo hago siempre. Pero creo que más bien, el enloquecer de hoy es el mantenerse cuerda del dejar de hacer lo que a uno le gusta, aunque no deje dinero, y si eso cuesta ser una persona difícil, pues entonces lo asumo. No concibo las cosas de otra forma, ni modo. Además parte de lo sabroso, viene de romperse la cabeza. Hay que reventar cosas para armar otras. Eso mejor que vivir en línea recta, como en autopista mainstream, cagado de lana para que te alcance para comprarte tu closet en Armani. A mi me suena muy lógico y hasta repetitivo. Pero las cosas que gustan y valen la pena, nunca es cansado repetirlas. Como:
http://soundcloud.com/timzawada/kraftwerked-a-mix-by-tim
http://soundcloud.com/timzawada/kraftwerked-a-mix-by-tim
8 de enero de 2012
Lo que puedo decir sobre París.
No quisiera ir a París ya. No conozco pero he estado ahí 4 veces en las que fracasó el conocimiento y los paseos y todo el cliché, y una de las cuales me enfermé a unos metros de la Mona Lisa (no la ví) y la pasé en un hospital cuya cuenta jamás pagué. La última vez me junté con alguien en el sur, en Bellevue, en una casita donde hicieron ruido y era estar como en Chile o cualquier otro lugar y no encontré autobús ni tren y del metro en la noche me siguió un hombre hacia un restaurante tailandés, y una mujer me prestó su celular y me apuraba, conocí a otros amigos y tomamos cerveza y dormí en una cocina de alguien unas horas y me fui de ese país. Una de estas noches soñé que iba y trabajaba allá y es la única vez que me he sentido más cerca de esa ciudad. Uno de mis amigos más queridos vivió ahí con gente que clonaba caballos. Un exnovio con quien estudié francés vive ahí. El soundtrack de Midnight in Paris de Woody Allen está muy bueno. Aeroméxico tuvo a bien mandarme una reserva que no hice, a París. Igual y así si voy, pero otra vez, llegaré a irme. Aparte no me gusta mucho la idea romántica que hay sobre esta ciudad. Será que la conocí en un universo paralelo que no se parece nada ni siquiera a Francia y las personas son feas o doctores. Se parece más a la de Irreversible pero sin rectum y sin violación en passage. Y dos años estudié francés . Y me gusta el pan francés y las papas a la francesa que son de Bélgica.
Qué aburrido post, ojalá nadie lo lea nunca.
Qué aburrido post, ojalá nadie lo lea nunca.
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